LA RELACIÓN ÍNTIMA COMO EXPERIENCIA ESPIRITUAL

Publicado por BOSQUE DE LUZ
En este cambio de época queremos ayudar en la importante labor de crear y expandir conciencia y entendimiento. Tú caminas en el sendero para lograrlo, nosotros ponemos el corazón y la intención para colaborar en tu misión. Somos amor, somos uno.

Vivir con alguien a quien amamos, con todas las alegrías y desafíos, es una de las mejores maneras de crecer espiritualmente. Pero el verdadero despertar sólo ocurre en el plano carnal donde reconocemos y trabajamos con nuestras heridas, miedos e ilusiones.

Mientras que la mayoría de la gente quisiera tener relaciones sanas y satisfactorias en sus vidas, la verdad es que cada uno vive trabajos duros en las relaciones íntimas. Como decía Rilke, "para un ser humano, amar a otro es quizás la más difícil de las tareas".

Rilke no está sugiriendo que es difícil amar o tener cariño. Más bien, está hablando de lo difícil que es seguir amando a alguien con quien vivimos, día a día, año tras año. Después de numerosas dificultades y fracasos, muchas personas han renunciado a la relación íntima, considerando que ya no vale la pena malgastar energía en el terreno de las relaciones, tan lleno de ilusión romántica como de agotadores peligros emocionales. Si bien es cierto que estos peligros de dolor emocional tienen su origen en nuestro concepto del amor, pero esa es otra historia.

Las relaciones modernas son particularmente difíciles, pero esta misma dificultad presenta un escenario ideal para el crecimiento personal y espiritual. Desarrollar relaciones más conscientes requiere familiarizarse con el papel que juegan dentro de ellas tres dimensiones diferentes de la existencia humana: El ego, la persona y el ser.

Cada relación estrecha implica estos tres niveles de interacción entre los compañeros del proceso, a través de las relaciones ego con ego, persona con persona y ser con ser. Mientras que en un determinado momento dos personas pueden estar conectando el ser-con-ser con total apertura, al momento siguiente sus dos egos puede caer en un encarnizado combate mortal. Cuando tu pareja te trata muy bien, te abres: "Ah, eres tan maravilloso..." Sin embargo, si dice o hace algo que amenaza nuestro ego, el pensamiento cambia: "¿Cómo terminé contigo?". Puesto que puede ser terriblemente confuso o devastador cuando el amor de nuestra vida se convierte repentinamente en nuestro enemigo más mortífero, es importante tener una visión más grande que nos permita entender lo que realmente está sucediendo.

 

Relación Como Alquimia

Cuando caemos en el amor, esto usualmente trae consigo un período especial, repleto de resplandor y magia. Vislumbrar la belleza y la sensación que nos otorga la otra persona, provoca nuestra apertura del corazón como respuesta, proporcionando el sabor del amor absoluto, una mezcla pura de franqueza y calidez. Esta conexión de ser-con-ser revela el oro puro en el corazón de nuestra naturaleza, apareciendo cualidades como la belleza, el deleite, el respeto, la pasión profunda y la bondad, la generosidad, la ternura y la alegría.

Sin embargo, la apertura a otro también empuja a la superficie todo tipo de patrones condicionados y obstáculos que tienden a cerrar esta conexión: nuestras heridas más profundas, nuestro aferramiento y desesperación, nuestros peores miedos, nuestra desconfianza, nuestros puntos desencadenantes más emocionales. A medida que se desarrolla una relación, a menudo encontramos que no tenemos acceso completo al oro de nuestra naturaleza, porque permanece incrustado en el mineral de nuestros patrones condicionados. Y así continuamente caemos del estado de gracia.

Es importante reconocer que todas las heridas emocionales y psicológicas que llevamos con nosotros desde el pasado son de naturaleza relacional: tiene que ver con no sentirse completamente amado. Y sucedió en nuestras primeras relaciones -con nuestros cuidadores, normalmente nuestros padres- cuando nuestro cerebro y nuestro cuerpo eran totalmente frágiles e impresionables. Como resultado, los patrones relacionales del ego se desarrollaron en gran medida como esquemas de protección para aislarnos de la apertura vulnerable que el amor implica. En la relación, el ego actúa como un mecanismo de supervivencia para satisfacer las necesidades, mientras que evita la amenaza de ser lastimado, manipulado, controlado, rechazado o abandonado de la manera en que lo sufrimos cuando éramos niños. Esto es normal y totalmente comprensible. Sin embargo, si esto se convierte en el tenor principal de una relación, nos mantendrá encerrados en complejas estrategias de defensa y control que socavarán la posibilidad de una conexión más profunda.

Así, para obtener un mayor acceso al oro de nuestra naturaleza en la relación, se requiere una cierta alquimia: el refinamiento de nuestros patrones defensivos condicionados. La buena noticia es que esta alquimia generada entre dos personas también promueve una alquimia más grande dentro de ellos. La oportunidad aquí es unir e integrar los polos gemelos de la existencia humana: el Cielo, el vasto espacio de apertura perfecta e incondicional, y la Tierra, nuestra forma humana imperfecta y limitada, moldeada por causas y condiciones mundanas. A medida que el ego defensivo y controlador se cocina y se derrite en el calor de la influencia del amor, empieza a surgir un hermoso desarrollo evolutivo: la persona genuina, que encarna una cualidad de presencia relacional muy humana y sincera, en medio de los densos confines del condicionamiento mundano.

 

Relación Como Osario Del Tíbet

Para aclarar el funcionamiento de esta alquimia, es útil una metáfora más terrenal. Una que viene de las tradiciones tántricas del budismo y del hinduismo: la relación como osario o camposanto. En muchas zonas del Tíbet, el osario era un lugar en el que la gente llevaba los cadáveres para que fueran consumidos por buitres y chacales. Desde la perspectiva del yogui tántrico, éste era un lugar ideal para practicar, porque está justo en el cruce de la vida, donde el nacimiento y la muerte, el miedo y el temor, la impermanencia y el despertar, se despliegan uno junto al otro. Algunas cosas están muriendo y en decadencia, otras están alimentándose, y otras están naciendo de la propia decadencia. Este antiguo osario del Tíbet es un lugar ideal para meditar porque está justo en el cruce de la vida, donde uno no puede dejar de sentir la crudeza de la existencia humana.

Muchos de nosotros tenemos una noción de la felicidad en las relaciones similar a la de un dibujo animado. Damos por hecho que nos debe proporcionar un estado estable de seguridad o consuelo que nos salvará de tener que enfrentarnos a las áreas arenosas, dolorosas y difíciles de la vida. Imaginamos que encontrar a la persona adecuada nos ahorrará tener que lidiar con cosas como la soledad, la decepción, la desesperación, el terror o la desintegración. Sin embargo, cualquier persona que haya tenido pareja por mucho tiempo probablemente tiene algún conocimiento sobre el osario del Tíbet de las relaciones, los cadáveres por todas partes, y los chacales y buitres vagando para encontrar la mejor pieza de carne. Si podemos trabajar con la situación cruda y agreste de esta zona, entonces alguna chispa, simpatía, compasión o apertura puede comenzar a tener lugar. El caos que tiene lugar en tu neurosis es el único terreno en el que puedes construir el mandala del despertar. El despertar sólo ocurre, por tanto, cuando nos enfrentamos al caos de nuestros patrones neuróticos. Sin embargo, esto es a menudo lo último que queremos hacer. A cambio, aparecen nuestras fieles compañeras de viaje, las resistencias.

Nuestras resistencias se basan en el hecho de que grandes áreas de nuestra vida se han dedicado a tratar de evitar descubrir nuestra propia experiencia. Ahora tenemos la oportunidad de explorar esa gran área que existe en nuestro ser, la que hemos estado tratando de evitar. La construcción del mandala del despertar ocurre realmente en el osario del Tíbet. Lo que está sucediendo en él es la exploración personal constante y, más allá de eso, se está ofreciendo, abriendo, extendiendo completamente la situación que está disponible para ti. Aparece fantásticamente expuesta, y nos llega con la sensación de que podrías dar a luz a otro mundo nuevo. Esto también describe el potencial espiritual de la participación íntima con otro ser humano.

Swami Rudrananda (conocido como Rudy), sugiere que tenemos que reconocer y abrazar nuestras imperfecciones como camino espiritual; por lo tanto las grandes pretensiones espirituales nos alejan del camino. En sus palabras, "Un hombre que piensa que tiene una vida espiritual es realmente un idiota". Lo mismo ocurre con las relaciones: tenga cuidado de pensar que usted tiene una "relación espiritual". Mientras que la conexión amorosa brinda una visión del oro que se encuentra dentro, continuamente la corrompemos convirtiéndola en una mercancía, un encanto mágico para hacernos sentir bien. Todas las ilusiones del amor romántico surgen de ahí. Centrarse en la relación como una "solución" espiritual o emocional realmente destruye la posibilidad de encontrar una alegría profunda, una verdadera felicidad o una conexión honesta con la otra persona.

Tarde o temprano la relación nos pone de rodillas, forzándonos a enfrentar el desorden crudo y agreste de nuestra vida mental y emocional. George Orwell señala a esta devastadora calidad del amor humano en una frase que también tiene un sabor a osario del Tíbet: "La esencia del ser humano no está en buscar la perfección, sino en estar preparado para ser derrotado y dividido por la vida, porque este es el precio inevitable de aferrarse a su amor por los otros".

éste es el significado del fundamento: tenemos que estar dispuestos a deshacernos en las costuras, a ser desmantelados, a dejar que nuestras viejas estructuras del ego se desmoronen antes de que podamos empezar a incorporar chispas de la perfección esencial en el núcleo de nuestro naturaleza. Para evolucionar espiritualmente, tenemos que permitir que estas partes no trabajadas, ocultas y desordenadas de nosotros mismos salgan a la superficie. No es que el ego estratega y controlador sea algo malo o un error innecesario y horrible. Más bien al contrario, nos proporciona el grano indispensable que hace posible la transformación alquímica.

Esto no es un punto de vista pesimista, porque siempre es necesario algún tipo de ruptura antes de cualquier avance significativo en nuevas caminos para nuestra vida que no estén gravados por el condicionamiento pasado. La base del osario, entonces, es una metáfora de este proceso de ruptura que es parte esencial del crecimiento y de la evolución humana, y uno de los dones de conexión profunda e íntima que, de manera natural, pone en marcha este proceso. Sin embargo, nadie quiere ser desmontado, herido ni aplastado. Así que hay dos maneras principales por los que la gente intenta abortar este proceso: huyendo, o pasándolo por alto.

El problema de huir cuando una relación se vuelve difícil es que también nos estamos alejando de nosotros mismos y de nuestros avances potenciales. Huir de los lugares crudos en los que nos herimos a nosotros mismos, porque no creemos que podamos manejarlos, es una forma de auto-rechazo y auto-abandono que convierte nuestro cuerpo sentimental en una casa abandonada y embrujada. Cuanto más huimos de nuestros lugares sombríos, más caemos en la oscuridad y más obsesionada se convierte esta casa. Y cuanto más obsesionado se vuelve, más nos aterra. Este es un círculo vicioso que nos mantiene alejados y temerosos de nosotros mismos.

Uno de los lugares más aterradores que encontramos en una relación es el profundo miedo interior al desamor. En este lugar ignoramos que somos verdaderamente increíble por el hecho de ser quienes somos, nos sentimos inferiores y no reconocemos nuestro valor. Esta es la herida cruda del corazón, donde estamos desconectados de nuestra verdadera naturaleza, de nuestra perfección interior. Naturalmente queremos hacer todo lo posible para evitar este lugar, repararlo o neutralizarlo, para que nunca tengamos que experimentar tal dolor de nuevo.

Una segunda forma de huir de los desafíos de la relación es a través de la espiritualidad, usando ideas o prácticas espirituales para evitar o prematuramente trascender las necesidades humanas relativas, los sentimientos, las cuestiones personales y las tareas de desarrollo. Una conexión profunda e íntima inevitablemente trae a colación todas nuestras heridas de amor del pasado. Esta es la razón por la cual muchos practicantes espirituales tratan de mantenerse fríos y por encima de la batalla en sus relaciones, para no enfrentarse a sus propias heridas relacionales no curadas. Pero esto mantiene inconsciente la herida, haciendo que surja como un comportamiento sombrío o como una barrera anti-incendios capaz de apagar el fuego y la pasión. La conexión personal íntima no puede evolucionar a menos que las viejas heridas de amor que lo bloqueen sean enfrentadas, reconocidas y liberadas.

Tan maravilloso como los momentos de ser-con-ser, el juego alquímico de unir el cielo y la tierra en una relación implica una danza más sutil y hermosa: no perder nuestra dualidad en la unidad, sin perder nuestra unidad en la dualidad. La intimidad personal se desarrolla en el baile de las dualidades: personal y transpersonal, conocido y desconocido, muerte y nacimiento, apertura y limitación kármica, claridad y caos, enfrentamientos infernales y felicidad celestial. El choque y la interacción de estas polaridades, con todos sus choques y sorpresas, proporciona un fermento que permite profundas transformaciones al obligarnos a seguir despertándonos, dejando caer ideas preconcebidas, expandiendo nuestro sentido de lo que somos y aprendiendo a trabajar con todos los elementos de nuestra humanidad.

Cuando estamos en medio de este fermento, puede parecer una especie de trama diabólica. Finalmente encontramos a alguien a quien realmente amamos y luego empiezan a surgir las cosas más difíciles: miedo, desconfianza, desamor, desilusión, resentimiento, culpa, confusión. Sin embargo, esta es una forma de gracia del amor, que trae nuestras heridas y defensas hacia adelante, a la luz. Porque el amor sólo puede sanar lo que se presenta para ser sanado. Si nuestra herida permanece oculta, no puede ser sanada; y ya sabemos que lo mejor de nosotros no puede salir a menos que lo peor salga también.

Así que en lugar de construir un lujoso hotel en el osario del Tíbet para cambiar su apariencia, debemos estar dispuestos a bajar y relacionarnos con el caos del osario. Necesitamos considerar al corazón herido como un lugar de práctica espiritual. Este tipo de práctica implica comprometerse con nuestros temores y vulnerabilidades relacionales de una manera deliberada y consciente, como los yoguis de antaño que enfrentaron a los goblins y demonios de los terrenos del osario.

La única manera de estar libre de nuestros patrones condicionados es a través de una experiencia plena y consciente de ellos. Esto podría llamarse "madurar nuestro karma", lo que el maestro indio Swami Prajnanpad describió como bhoga, que significa "experiencia deliberada y consciente". él dijo: "Sólo puedes disolver el karma a través de la bhoga de este karma". Estar atrapados en la reunión y experimentándola directamente. Tener la bhoga de tu karma te permite digerir elementos no resueltos, no digeridos de tu experiencia emocional del pasado que todavía te están afectando: cómo te has lastimado o abrumado, cómo te defendiste contra eso cerrándote, cómo construiste muros para mantener a la gente fuera.

Otro término para involucrar directamente a nuestro karma podría ser "sufrimiento consciente". Esto implica decir "sí" a nuestro dolor, abriéndose a él, tal como es. Este tipo de sí no significa "Me gusta, me alegro de que sea así". Sólo significa "Sí, esto es lo que está sucediendo." Estar dispuesto a cumplir con lo que sea que aparezca y vivirlo a través de una experiencia directa. Por ejemplo, si eres duro de corazón, ten una experiencia completa de ello. Date cuenta de cómo te afecta reconocerlo y de las consecuencias que ello implica.

Bhoga implica aprender a montar las olas de nuestros sentimientos en lugar de quedarse sumergido en ellos. Esto requiere la atención de donde estamos en el ciclo de la experiencia emocional. Un surfista experto es consciente de exactamente dónde se encuentra en una ola, mientras que un surfista aficionado acaba cayendo al mar. Por su propia naturaleza, las olas suben durante el cincuenta por ciento del tiempo de su existencia y van bajando durante el otro cincuenta por ciento. En lugar de luchar contra los ciclos de nuestra vida emocional, necesitamos aprender a mantener nuestro asiento en la tabla de surf y tener una experiencia plena y consciente de la bajada. Especialmente en una cultura que es adicta al "arriba", necesitamos aceptar especialmente los momentos del ciclo de bajada y estar dispuestos a desmoronarnos, retroceder, frenar, ser pacientes y dejar ir. Porque a menudo es en la parte descendente de un ciclo cuando todo se ve totalmente sombrío y miserable, cuando finalmente recibimos un destello de visión que nos permite ver los contornos ocultos de una fijación enorme al ego, en la cual habíamos permanecido atrapados hasta entonces. Tener una experiencia plena y consciente del ciclo descendente que está ocurriendo, en vez de luchar o trascenderlo, nos permite estar disponibles para estos momentos de iluminación.

Mientras que las tierras altas del amor absoluto son más hermosas, pocos, excepto los grandes iluminados, pueden pasar todo su tiempo allí. El amor de pareja no es una experiencia máxima ni un estado estacionario. Fluctúa, ondula, crece y disminuye, cambia de forma e intensidad, se eleva y se estrella. Sin embargo, aunque las relaciones participan plenamente de la ley de la impermanencia, la buena noticia es que esto permite nuevas sorpresas y revelaciones para seguir surgiendo sin fin.

 

Relación Como Kõan

 

Relacionarse con el espectro completo de nuestra experiencia en el osario del Tíbet conduce a una autoaceptación que amplía nuestra capacidad de abrazar y aceptar a otros. Por lo general, nuestra visión de nuestras parejas se ve reflejada en lo que hacen por nosotros y está formada por nuestra película interna sobre lo que queremos que sean. Esto, por supuesto, hace que sea difícil verlos por lo que son en realidad.

Más allá de nuestra película del otro existe un campo mucho más amplio de posibilidades personales y espirituales, a lo que Walt Whitman se refirió cuando dijo: "Yo contengo multitudes". Estas "multitudes" son las que mantienen una relación fresca e interesante, pero sólo podrán hacerlo si aceptamos las distintas formas en que la persona que amamos es distinta de nosotros: en su trasfondo, sus valores, perspectivas, cualidades, sensibilidades, preferencias, formas de hacer las cosas y, por último, en su destino. En las palabras de Swami Prajnanpad, "ver plenamente que el otro no eres tú es el camino para la realización de la unidad... Nada está separado, todo es diferente... El amor es la apreciación de la diferencia".

Una pareja no se separa, mientras que sigan siendo totalmente distintos - "ni contigo, ni sin ti" - puede parecerse a un desafío imposible en una relación. Bernard Phillips, un joven estudiante de Psicología, comparó esta imposibilidad de la relación a un kōan del zen, un acertijo que no se pueda resolver con la mente conceptual. Después de intentarlo continuamente y de no encontrar la respuesta, los estudiantes Zen llegan a la solución real justo en el momento en que deciden renunciar y rendirse. En palabras de Phillips "todo ser humano con el que buscamos una relación es un kōan, es decir, una imposibilidad. No hay fórmula para llevarse bien con un ser humano. Ninguna técnica conseguirá la relación. Soy imposible de llevarme bien; así somos cada uno de nosotros; todos nuestros amigos son imposibles; los miembros de nuestras familias son imposibles. ¿Cómo conseguimos entonces relacionarnos con ellos? ... Si buscas un encuentro real, entonces debes enfrentar el kōan representado por la otra persona. El kōan es una invitación a entrar en la realidad".

Al final, amar a otro requiere dejar caer todos nuestros planes, películas, esperanzas y miedos narcisistas, para que podamos mirar de nuevo y ver "al otro real, al otro sagrado", tal como él o ella es. Esto implica una rendición, o tal vez la derrota, como en las palabras de George Orwell acerca de ser "derrotado y dividido por la vida". Lo que se derrota aquí, por supuesto, es el ego y sus estrategias, despejando el camino para que la persona genuina surja, la persona que es capaz del contacto real, de contemplar el espectro completo. Y cuando esto comience a manifestarse a través de su relación, las viejas expectativas finalmente dejarán paso, las películas viejas dejarán de correr, y una aceptación mucho mayor de lo que creían posible comenzará a florecer. A medida que se vuelvan dispuestos a afrontar y abrazar lo que se interponga entre ellos (viejas heridas del pasado, patologías personales, dificultades para oír y comprender unos a otros, valores y sensibilidades diferentes), todo en nombre de amar y dejarse llevar, de "entrar en la realidad", entonces será posible comenzar a encontrarse desnudos en el campo abierto de la naturaleza, fresco y simple, en el campo del amor vibrando para siempre con posibilidades inimaginables.